COLECCIÓN DE CUENTOS ESCOMBRISTASIRIS DESEO Y OTROS RELATOS
DENECK INZUNZA ROMERO
ESTRIALUZ, MÉXICO, 2004.
Diseño de portada: Miguel Jasso / Inzunza.
OJOS VERDES
“Tenía los pies diminutos y unos ojos
color verde marihuana…”
“Pezón de fresa, lengua de caramelo,
corazón de bromuro,
súper-vedette, puta de lujo,
modelo, estrella de culebrón…”
Joaquín Sabina
Cuando abrí el sobre que estaba en el piso y vi la hoja doblada de la carta donde sobresalía la leyenda “Ojos Verdes”, no pude detener el flujo de la relación que de inmediato me dirigía a recordar a esa chica del club de las “top models” que estudiaron en nuestra generación. Tampoco pude frenar el recuerdo de un cuento de Horacio Quiroga que leí hace años y que llevaba ese título. Con la prioridad que nacía de la curiosidad y después de cerrar la puerta que no había vuelto a su posición por la premura de saber el contenido del sobre, busqué el sitio adecuado más próximo para sentarme a leer la carta. No quisiera verme ramplón, pero por otra circunstancia primordial –más que la anterior– llevé el sobre con todo y su contenido al baño. En ese intervalo me planteé varias interrogantes sobre el mensaje: ¿Quién lo enviaba y qué contenía?. Al mismo tiempo imaginaba varias respuestas, como el posible hecho de que algún amigo olvidado me enviara la redacción completa del cuento de Quiroga, el cual he buscado en todas las librerías de la ciudad y ferias de libros trashumantes, y que nunca he podido conseguir, ni siquiera en las varias ediciones que publican como antologías de la obra del autor. También imaginé la posibilidad de que algún ex-compañero de generación, herido de muerte por un desaire de la “top model”, se hubiese acordado de mí para relatarme su pena en una carta que buscara lectura cómplice. Cuando empecé a leer el contenido supe que podría tratarse, con algunas modificaciones, de esta última opción, sin embargo con una variante desconcertante: mi implicación más o menos indirecta en el relato reciente de hechos inverosímiles escritos con rapidez y con el sello de la más atroz perplejidad.
La carta comenzaba con una reflexión que presentaba cierta cronología y análisis casi psicológico sobre la vida de Valezka, mejor conocida como “Ojos Verdes” en el mapamundi de los sobrenombres que acostumbrábamos en la escuela. La relación entre la extrema belleza de Valezka y su apodo no era conceptual, más bien era contundente y hasta reiterativa y rayaba en el más evidente pleonasmo. Ella era de un selecto grupo de chicas definitivamente hermosas que fueron conocidas como las “top models” durante el tiempo que estuvimos en la carrera. Sin embargo, Valezka resaltaba a la vista por sus preciosos ojos verdes, increíblemente llenos de gracia y de la más extremada estética humana. Todo el club de las “top models” ostentaba ojos claros, pero Valezka era la figura a envidiar. La carta hacía estas referencias que, creo, todos los compañeros de la escuela sabíamos y sabemos con detalle. Todos deseamos, alguna vez o todas las veces –siempre–, como animales en celo o como amantes formales, a Valezka y a las otras chicas del club, pero los prejuicios le ganan casi siempre la batalla al deseo que no es clínicamente enfermo, aunque nuestros deseos particulares muchas veces estaban dentro de una enfermedad de la juventud o dentro de la necesaria concupiscencia que manaban esos cuerpos excelsos. Todos llegamos a declarar esta situación en las reuniones y después de dos o tres copas de alcohol, cuando éste nos hacía abrirnos y caer en la honestidad de la influencia del deseo sexual tan fuerte que despertaban esas chicas. Ninguno de nosotros se decidió jamás a informarles a ellas, las causantes del deseo, nuestra intención de abordarlas, siempre nos venció el prejuicio y el miedo al rechazo, el cual considerábamos como definitivo. El problema que se me fue a presentar al momento de seguir el curso de la lectura fue el hecho de enterarme, para mi mala fortuna y el estallido de los remordimientos que se sucedieron después de saberlo, que Valezka siempre, al menos en ese tiempo, estuvo enamorada de mí y en espera de que yo llegase a declararle alguna intención de establecer una relación, incluso bajo cualquier término: como amantes o en plano formal, ya que su “open mind” le daba para cualquier situación. No he de aburrirles con los miles de remordimientos y arrepentimientos mezclados en sustancia explosiva hasta el clímax de una terrible depresión que inició en esos instantes que leía la carta sentado en el baño (que de por sí es un lugar íntimo y adecuado para la reflexión), ya que éstos se volvieron polvo e insignificantes al momento de enterarme del resto del relato de hechos que estaban redactados en el papel.
La carta siguió con un planteamiento más cercano a la personalidad que fue desarrollando Valezka al estar en contacto con una sociedad y un círculo de conocidos que la idolatraban por su belleza y se lo hacían saber con signos de conducta. Valezka se dio cuenta de que era, junto con sus agremiadas, un cúmulo de exagerada belleza corporal. Se sabía preciosa y con cuerpo excelente, sin embargo, dentro de este conocimiento de sí misma, se concentró en la magia de sus ojos verdes, los cuales drogaban hasta la más completa inconsciencia (valga de poco la estructura del calificativo) a quien cometía el atrevimiento de ver su rostro iluminado por esos dos resplandecientes reflectores verdes profundos (como lo plasmaría en su obra algún poeta) que eran los ojos de Valezka. Comenzó a enamorarse de sus ojos en virtud de que no podía enamorarse de alguien porque nadie la abordaba por prejuicios, incluido yo. Valezka dio inicio, entonces, a un juego de resalte a sus ojos verdes para darle más fuerza a esa magia natural que embriagaba a cualquiera, ya fuese hombre o mujer. Ensayó cosméticos y colores diversos para hacer lucir más (aún más, aunque pareciera imposible o perverso por tratar de llegarle a la divinidad) sus ojos verdes tan idolatrados. Lo consiguió, sin embargo esa magia ahora potenciada era tan extrema que parecía interferir en los límites de la belleza permitida para este mundo, parecía salirse e invadir los terrenos de lo divino, y así era por decisión de Valezka, quien en ese entonces ya estaba segura de crear un halo de deidad en su persona; ésa era su meta, su más grande objetivo como necesidad de realización. Todo esto según lo escrito en la carta, pero sin lugar a dudas porque todos lo vimos en ese rostro en extremo perfecto y precioso. Valezka invadió en vida terrenal límites para entidades que no pertenecían a la vida terrenal, incordió con sus ojos verdes y el resalte de su cuerpo de deseo total a zonas de divinidad reservadas. Concentró en sus ojos verdes la llama de su sexualidad hambrienta, ansiosa, reprimida y solitaria. “Se sabía ‘buena’ y quiso explotarlo con sus ojos verdes”, se leía en la carta que alguien me enviara para buscar cómplices de una lamentable historia, y al parecer yo era uno de los más adecuados, ya que indirectamente estaba involucrado en el desatino posterior de una Valezka terriblemente hermosa pero sola y blasfema en actos.
La carta, después de dar los semblantes descritos, presentaba los acontecimientos que dieron origen no sólo a un ajuste de cuentas con la divinidad invadida e incordiada, sino el origen, también, de las múltiples notas de los diarios que vienen fotocopiadas, aparte, al final de las cuatro páginas del documento: Valezka se preparaba para salir una mañana con dirección a su trabajo. Como siempre, la prioridad principal fue resaltar esos ojos verdes que le habían dado con extrema facilidad y con característica de endémica corrupción su profesión y después su trabajo exageradamente bien remunerado, aunque lo único que hacía era compartir los chismes de la compañía, hacer acto de presencia unas dos horas en las oficinas y parpadear con un coqueteo pobre, de baja calidad y estúpido al director de la empresa, quien, absorbido por esos ojos verdes, la había contratado para el puesto de una más de las putas caras que ostentaba con presunción. Valezka tomó algunos cosméticos de su mueble con espejo y en cuanto terminó de usarlos buscó la sombra reafirmante que daba por terminada la tarea diaria de divinizar sus ojos verdes sobre su rostro a pesar de los denuestos que resultasen contra la “justicia divina”. Pero ésta se tenía reservada una carta ganadora escondida en la manga. Cuando Valezka tomó el aplicador de la sombra reafirmante, éste se resbaló de sus dedos y cayó cerca de sus pies; Valezka detuvo un improperio hacia la circunstancia, como si se diera cuenta de las constantes intromisiones voluntarias en asuntos que no le estaban reservados, y vio su rostro bello reflejado en el espejo; contempló sus increíbles ojos verdes, bellos, únicos, tan corruptamente redituables hasta el momento; se sonrió como resultado de cierta satisfacción enferma y decidió, llena de petulancia, recoger el aplicador caído para concluir a la brevedad posible su labor de embaucar incautos con escenas prohibidas de otras dimensiones probables. Al agacharse para asir el aplicador que estaba en el suelo, cerca de sus pies, sintió por gravedad que dentro de su rostro algo se precipitaba al vacío y creyó, por espacio de unos segundos, que se había caído de la silla del tocador como víctima de un desvanecimiento; sin embargo comprendió su error de apreciación al ver desde el piso, mientras su vista se oscurecía lentamente, su cuerpo sentado ante el espejo, sobre todo cuando la cabeza de éste volteó hacia el suelo y pudo ver, casi llegando a oscuridad definitiva, vacías las cuencas de sus preciosos y redituables ojos verdes, los cuales miraban, tirados en el piso, cerca del aplicador de la sombra reafirmante, al resto de su cuerpo excelso y sexy en camisón desde una posición inmóvil y dispuesta al azar por los rebotes que sufrieran al precipitarse al suelo… A Valezka se le habían caído de la cara sus preciosos ojos verdes y ya estaban llenos de pelusas de la alfombra, podridos, y quizás hasta secos cuando yo leía una carta que me informaba de tan lamentables sucesos… Y que, por cierto, me hacía llegar, en tres páginas fotocopiadas después de lo ya comentado, una edición al parecer inédita del cuento “Los Ojos Verdes” de Quiroga…
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1 DICEN QUE LE HACEN A ESO DE LA COMENTADERA:
Denek: eres una riata escombrista . este y el anterior nos habla de tu crecimiento exponencial. exelentes cuentos .
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