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domingo 2 de noviembre de 2008

ROSAS VIVAS - Capítulo aparente 16/21

ROSAS VIVAS
DENECK INZUNZA ROMERO
ESTRIALUZ, MÉXICO, 2000


Diseño de portada y gráficos:
María Bárbara López Mosqueda





Un litro de leche y dos piezas de pan



“Si la suerte ha sido echada
voy a rociarme e incinerarme...”


Gustavo Cerati



Recuerdo que nos despedimos en la placita de la fuente cerca del parque frente a la biblioteca y que tu cara se fue haciendo desconocida cuando te ibas caminando por la acera buscando un taxi. Te puse su cara sin proponérmelo, pero es que andaba por la locura, si es que vale, de alguna forma, la justificación. Después de ver cómo te alejabas comencé a caminar y sabía que tenía que largarme de la ciudad, por lo que esa noche sería la última en estas tierras por muchos años. Como te acompañé hasta el parque, la entrada del callejón donde estaba el cuartucho quedaba de regreso por donde habíamos caminado después de caminar por horas; sin embargo, tenía hambre y decidí subir por otra calle donde había una tienda de abarrotes en la que seguramente habría pan y leche para merendar.

Compré un litro de leche y dos piezas de pan, las que, en otras circunstancias y en otros tiempos memorables, me habría comido en plena calle. Pero decidí esperar hasta llegar a la callejuela que daba al cuartucho en su parte posterior y merendé sentado en unos escalones oscuros detrás de las oficinas de la compañía telefónica, ya dentro del callejón alterno. Todavía masticando los últimos mendrugos, llegué hasta el cuartucho y me saqué las llaves de la bolsa.

Como sabía que era mi última noche en la ciudad después de los sucesos que me acercaron a la locura, cuando metí la llave en la cerradura deseé encontrar todo normal en el interior antes de largarme. Y, en efecto, todo parecía normal. Abrí la puerta y la luz estaba encendida; caminé hacia la segunda puerta que daba al cuarto donde todos vivimos hasta hacía unos días y pude ver a Luis vestido y con su chamarra igual a la mía como esperando largarse al igual que yo en un autobús que salía al filo de las cinco de la mañana; Ángel estaba viendo la televisión junto con Franco. Los tres como si estuviesen vivos y sin rosas en sus cuerpos. Rómulo estaba como antes de perderse en la locura, acostado en su cama y jugando a rebotar un balón de básquetbol en la pared. Faltaba el Cuñao Jesús, que estaba preso, pero que no tardaría en llegar como cuando llegaba escalando la pared hasta el balcón derecho del cuartucho y comenzaba a bromear con sus andanzas enfermas por las calles y las camas de Gaby y sus amigas.

Hice mis maletas y eché todo lo que pude, hasta la grabadora, dejándole al olvido y al abandono lo que no cabía en ellas, incluyendo una chamarra que Ángel usaba desde hacía tiempo y que no le reclamé como signo de luto y para no reprocharle nada ahora que estaba ahí y ocupado viendo la tele, a pesar de que la prenda estaba sobre sus maletas, las que estaban cerca de la puerta y marcadas por la ausencia de días de su dueño. Traté de dormir un poco no obstante se hacía pesado y recóndito el sonido del balón de básquet que Rómulo rebotaba en la pared y el ruido que el Cuñao Jesús hacía en las puertas metálicas del balcón para entrar.



Antes de las cinco de la mañana, tomé mis maletas y salí a la calle para abordar un taxi que me llevara a la central de autobuses, de donde partiría hacia el abandono de esta historia por unos años. Me costó trabajo dejar el cuartucho y su esencia, sabía que ya no volvería a estar ahí, sin embargo la suerte había sido echada. A mis pasos en descenso por la calle se emparejaron los de Luis y Ángel. El primero se escapaba de la ciudad como hubiese escapado de no ser asesinado, el segundo iba de acompañante sin rumbo como hubiese sido de no ser víctima de la estupidez que lo caracterizaba otrora. Tomamos el taxi en el cruce de las calles de subida y de bajada, cerca de la placita de la fuente, y a pesar de que el chofer no visualizaba a mis acompañantes, las puertas traseras se abrieron y se cerraron casi a la par de que yo abría y cerraba la delantera del lado del copiloto. Llegamos a la central de autobuses y una corrida hacia el abandono me alejó por algunos años de esta historia que se escribe con el tono de las rosas vivas del color de la noche que una evolución dejó sobre los cuerpos e inscrita en las almas como regalo de la mujer inmaterial de luz líquida que fuese, a partir de entonces, la Nancy triste que jugaba con cuchillos a asesinar su propio pasado.












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