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¡Éntrale a la paranoia!

jueves, 1 de noviembre de 2007

TÍTULOS

Seguiré asegurando que las licenciaturas en este país son de extremo bajo nivel. Yo soy licenciado en ciencias de la comunicación, pero más he aprendido de mis “otros” títulos en la vida:

Licenciado en causas perdidas. Universidad de lo Subterráneo.
Licenciatura honoris causa en borderline. Universidad Emocional.

Maestría en comunicación reptiliana con especialización en cuerpo calloso. Universidad Reptiliana.
Maestría en psiquiatría personal. Universidad de la Sociedad.
Maestría en saltos al vacío. Maestría en teología pacheca. Máster Internacional en Ansiedad.

Doctorados en:

Comunicación reptiliana.
Uso de un celular.
Alcohol y drogas.
Nalgas en una silla de rueditas.
Análisis transaccional riañista.
Psiquiatría profunda del daño cerebral.
Psicología de desvíos.
Patos e iguanas.

Posdoctorados en:

Fracasos.
Dolor profundo.
Infinita tristeza.
Inutilidad, discapacidad y marginación social.
Víctimas de discriminación (honoris causa).
Ansiedad, depresión, fobias, filias y otras yerbas.

Estos grados, obviamente, reconocidos sólo en los universos paralelos donde apliquen los sistemas complejos.

Becado, en este y otros planos dimensionales, por:

Fondo de Apoyo a Desplazados
TPM
Fundación Telmex (gracias, Carlos).
Sociedad de Escritores Irreverentes
Canacintra
UAZ
UAS
UDB
UN
Fundación Riaño













DON FÉLIX Y EL TLACUACHE - Recuerdos pachecos

“Estos miserables vinieron a dejar un tlacuache muerto en la caseta del teléfono” dijo indignado Don Félix mientras lo cogía de la cola y se encaminaba hacia el baldío para aventarlo. Menos mal que no fue incendiado, pensé.


Unas horas antes de ser encontrado por Don Félix, ese tlacuache había sido brutalmente pateado por los aires y una bota había caído sobre su cráneo casi al momento de caer. Fue una patada justa acertada como despeje de área porque el animal salió de entre los matorrales junto al carro. Fue uno de mis alterns ego. Fue una reacción futbolera de defensa legítima. Satanás, entonces, fue a rematarlo con sus botas.


Una vez sometidos por nuestra salvajada, decidimos, el Satanás y yo, ir a dejarlo, como muestra de nuestra batalla con los aliens, al punto de mayor visibilidad de la entrada de la colonia: la única caseta de teléfonos (de monedas de a peso) que había kilómetros a la redonda.


Esa época que mis alterns ego se juntaron con el expresidiario por homicidio, Satanás, fue muy borderline.



















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